feb 16 2013

Política, ciudadanía y bien común

 

 

De la partitocracia de pensamiento único a la conquista del bien común 

Cada vez es más evidente que el soporte de atención social que proveen las administraciones públicas y las instituciones intermedias con función social (ONGs, Obras Sociales de Cajas, en proceso de desaparición/reconversión, etc.), es claramente insuficientes para hacer frente a las nuevas demandas de una población, con bajos ingresos, que aumenta a velocidad de crucero. En momentos en los que las necesidades crecen y las ayudas y coberturas bajan, se produce una endiablada relación inversamente proporcional entre recursos disponibles y necesidades a cubrir, lo que en la práctica significa dificultades añadidas a la situación, ya muy dura, para centenares de miles de personas en España.

Nuestro país, también Europa, vive un momento clave como sociedad, como colectividad, pero sobre todo, la situación presente pone a prueba nuestra talla como ciudadanos conscientes y comprometidos ante la necesidad de avanzar en la creación de una sociedad más justa y solidaria. Los ciudadanos no podemos ignorar nuestra cuota de responsabilidad en las causas que nos han llevado a la situación presente, al hacer caso omiso de las señales reiteradas de corrupción política y no castigar a los responsables y sus partidos con el cambio de voto o la abstención, al seguir premiando con la compra de productos y servicios a empresas que alientan la corrupción, evaden capital, se mueven en la economía sumergida, a no boicotear a los bancos cuyas prácticas han llevado a la ruina a miles de pequeños ahorradores…

Los ciudadanos nos encontramos en una difícil encrucijada, de una parte necesitamos/demandamos la regeneración de la vida pública y el impulso de valores éticos y sociales para la construcción de una vida colectiva regulada por el interés común. Pero esta justa aspiración de la ciudadanía, tiene que realizarse con unas élites políticas y empresariales que son las responsables directas de la situación que vivimos; sin olvidar la contribución entusiasta de algunos intelectuales y medios de comunicación y la significativa omisión de otros.

En España ha ido debilitándose, en las últimas dos décadas, la robustez del armazón del bien común necesario para vertebrar una sociedad cohesionada y fuerte. Ésta se alimenta de una ciudadanía capaz de crear una sociedad civil basada en la responsabilidad social individual, fundamento del desarrollo cívico y motor necesario para articular una sociedad plural y democrática. En España, la responsabilidad social individual ha sido la primera víctima de ese estilo de vida que abrazamos con fruición y nos ha llevado al punto donde estamos.

En la situación actual, el fortalecimiento de la sociedad civil pasa por la decisión de crear tejido social, uniendo voluntades y salvando diferencias, para contribuir a solucionar una situación que puede generar una fractura social profunda de la que es difícil prever su alcance final. Las generaciones activas actuales, tenemos el reto de medirnos con una situación que demanda lo mejor de nosotros, que apela a nuestra condición de individuos capaces de articular respuestas reales para revertir la situación actual.

Como ciudadanos estamos impelidos a hacer un ejercicio de generosidad más allá de posturas partidistas. Siempre sobraron los hooligans del sectarismo político, de cualquier signo, pero ahora resultan especialmente detestables. Este es el tiempo de los ciudadanos, de articular una opinión pública más allá de los intereses de los grupos de comunicación. Es necesario reclamar a las fuerzas políticas y a los agentes sociales altura de miras y responsabilidad para sumarse a la solución de los problemas en lugar de contribuir a agrandarlos. Podemos y debemos exigir el cumplimiento del compromiso político de los partidos y administrar nuestro voto de manera consciente y consecuente con los resultados de su gestión política. Los ciudadanos no debemos conformarnos con el papel que nos han asignado de “paganos” de la juerga que se han corrido otros.

La política, en el sentido más amplio, no cambiará si los ciudadanos no cambiamos. Primero cambiemos los ciudadanos para poder exigir comportamiento ético y valores sociales a las élites, después impulsemos su regeneración/sustitución como paso previo para alentar un nuevo contrato social que establezca nuevas bases para la convivencia y el impulso del  interes común. Tenemos ejemplos sobrados en países que nos aventajan en desarrollo humano, estabilidad democrática y avance material. También tenemos bagaje acumulado como sociedad cuando fuimos capaces de cambiar una dictadura por un régimen de libertades.

Ahora nos toca hacer el cambio de una partitocracia de pensamiento único rendida al poder económico, a una sociedad plural donde el eje fundamental sea la conquista del bien común.